28/2/16

¿Quieres bailar al compás de esta locura a la que llaman vida?


Me acerqué lentamente a él y apoyé mi cabeza en su pecho. Me miró, y sentí que miles de recuerdos me golpeaban tan fuerte que mi alma entera se vino abajo. No articuló ni una sola palabra, tan solo estaba ahí, observándome, con un brillo peculiar en sus ojos. Realmente esperaba que sonriese, o que hiciese algo, porque cuando adoptaba esa pose tan distante, notaba como si yo realmente tuviese sentimientos. Y tal vez me hubiese enamorado de él tan locamente que la eternidad le había jurado a nuestro amor jamás abandonarnos.
          Y no sonreía. Simplemente se encontraba a centímetros de mí; tenerle tan cerca me hacía sanar las heridas de mi corazón, me hacía perder aún mas la cabeza y abría unas grietas en mi interior. No le mires, joder, no le mires, me repetía una voz profunda dentro de mí. No te acerques. Pero siempre había sido una chica algo contradictoria, así que lo hice, sin importar las consecuencias. Esto está mal. No importaba. Tan solo quería saber si sus labios seguían teniendo el mismo sabor, si sus caricias aún me hacían sentir lo mismo que antes de ese repentino final. Y sabía que no podría volver a casa sin haberle besado, porque él era quién me hacía sentir como en casa. Entonces me di cuenta de que, comparado con sus caricias, el paraíso no era nada más que un estúpido pedazo de un sueño completamente inexistente. Él hacía que el cielo fuese cualquier lugar del mundo, siempre y cuando sus brazos rodearan la coraza que cubría mi frágil ser. Tal vez él fuese el único que me invitaba a bailar, a bailar al compás de esta locura tan irreal como jodida llamada vida.

Depresión era su adicción

Estaba lloviendo. No hacía frío, pero ella notó como se hacía de su cuerpo una tela transparente, y frágil. Frágil como lo era su alma, protegida por esa coraza tan mal blindada. Y notaba como sus huesos se fragmentaban, y como las gotas heladas la traspasaban sin esfuerzo.
          Y lo pronunció, así, de forma suave pero como con dificultad, dejando salir esas dos simples palabras de su cuerpo como al mago al que el truco le sale mal y no tiene ni la más mínima jodida idea de como solucionarlo. Porque, en el fondo, ella ya sabía que no hacía frío, sino que éste era causado por la extraña sensación que le producía la distancia, tan corta y a la vez tan larga, que la separaba de los brazos de él.
          —Tengo frío. —Él la miró, sin saber qué hacer. Ella desnudó todas sus debilidades, dejándolas entrever por el huequecito de la puerta. Y él se acercó, a mirar, para ver si se quitaba algo más. Pero, como ella no lo hacía, decidió entrar y desnudar, esta vez, la tristeza que la consumía.